A pesar de lo expuesto, el cine argentino de esos años no agoto sus reservas "tres importantes realizadores comenzaron entonces su carrera y varios consagrados redondearon logros o cometieron ambiciosos errores.
Hugo del Carril Debutó en la dirección con "Historia del 900" (1949), pintura del Buenos Aires finisecular, crédito amplio a pesar del esquemático guión. "Surcos de sangre" (1950), hecha en Chile, mostró avances encima de la errónea adaptación de Eduardo Borrás de "La dama de gris", de Sudermann. Por momentos el director llegó al canto épico.
En 1952 "Las aguas bajan turbias" asombró y quedaría en clásico del cine bajo el peronismo.
Sobre la novela "El río oscuro" , de Alfredo Varela, no obstante la adaptación irregular de Bonás, mantiene hoy su fuerza expresiva. Lo mejor reside en el tema nacional poco frecuentado y de muy ricas vertientes (la explotación de los mensúes en los yerbatales misioneros de (1924) y en la desesperada búsqueda de humanidad en un mundo casi animal. Una narración lenta crece y atrapa hasta culminaciones entre el humillado y el verdugo, o la de una violación, al margen de diálogos no creíbles diluidos en una misteriosa grandeza.
"La Quintrala" (1955) pudo ser un fresco de Chile colonial a través de la vicisitudes erótico criminales de una Lucrecia Borgia sudamericana. Del Carril buscó imágenes expresivas y grandes contrastes, sobre todo en dos secuencias formidables: la procesión y el terremoto.
"Más allá del olvido" (1956), a pesar de la distancia afectiva con el mundo íntimo de su realizador, consumó un melodrama romántico.
Leopoldo Torre Nilsson Debuto, con codirección de su padre, en "El crimen de Oribe" (1950), versión de una novela de Adolfo Bioy Casares , Con desniveles, no se ocultó un director refinado, un clima de sugerencias poéticas.
Del mismo equipo fue "El hijo del crack" que a pesar (1953), de un guión precario, evidenció seriedad, reveló el talento infantil de Oscar Rovito y registró lo mejor de Armando Bo actor.
En 1954 Torres Nilsson presentó como director absoluto "Días de odio" , sobre un cuento de Jorge Luis Borges Mas allá de la inquietud de elección y resultados irregulares sorprendió en audacias de ambientación sórdida. Luego de "La Tigra" (1954), modesta y fallida, accedió a la producción comercial con "Para vestir santos" ,(1955), cuidando imágenes entre Tita Merello un melodrama "Graciela" (1956) trajo una primera Elsa Daniel reprimida (que el director perfeccionaría en futuros guiones de Beatriz Guido en abusos de cámara oblicua e influencias foráneas más tarde decantadas.
"El protegido" (1956), sobre guión propio, fue una denuncia valiente sobre arribistas y desencantados en el mundo del cine, unida a una menor historia sentimental. Es ahora un film curioso, pese a sus escasos alardes formales.
Fernando Ayala Presentó en 1955 su primera Fernando Ayala Presento en 1955 su primera película, "Ayer fue primavera'' x comedia sentimental, intimista y romántica, luchando contra libro trillado de Rodolfo Taboada. La siguiente "Los tallos amargos" (1956), curiosa y ambigua, describió los remordimientos de un presunto autor del crimen perfecto Ayala reveló innegables inquietudes, modernidad de realización, e incluyó una impecable banda sonora al cargo del talentoso Astor Piazzolla.
Paralelamente, corren los veteranos. El talento de Mario Soffici descató momentos de "Tierra del fuego'' (1948) en lucha contra un pesado guión de Petit de Murat. Alcanzó esplendor visual en "El extraño caso del hombre y la bestia ( 1951 ), donde Olga Zubarry brindo una interpretación memorable. En "Pasó en mi barrio", ( 1951) encaró la crónica costumbrista y abarcó una discreta pintura de la barriada boquense, con grandes interpretaciones de Tita Merello y Mario Fortuna. Por fin recuperó su gran vigor narrativo en "Barrio gris" (1954) apoyado en la sólida novela de Joaquín Gómez Bas, sobrenadando la censura y la propaganda oficial.
Luis Saslavsky y aportó "Historia de una mala mujer (1994), elegante y gélida versión de "El abanico de Lady Windermere' , de Oscar Wilde. La caligrafía del director brilló en mengua del melodrama. "V idalita" ( 1949) fue obra talentosa e impar, desenfadada; en clave de comedia musical. Le valió a Saslavsky múltiples ataques que apuraron su alejamiento.
Daniel Tinayre brilló con "A sangre fría" (1947), policial con excelencias de realización y "Danza de fuego" (1949), apabullante en el despliegue técnico. Pero fue en "La vendedora de fantasías" (1950) donde, liberado de mimetismos, concretó una irresistible combinación entre el policial y la comedia brillante. Luego "Deshonra" ( 1952) tuvo el handicap de un libro folletinesco inficionado de propaganda oficial sobre las cárceles, pero una técnica segura volvió a brillar.
Lucas Demare (desmembrado el equipo inicial de (Artistas Argentinos Asociados) realizó "La calle grita" ( 1948), buena comedia con punzantes observaciones sobre la vida de la clase media, una última incursión riesgosa, contemporánea, bajo el peronismo. Luego de dirigir "La culpa la tuvo el otro" (1950), una de las mejores películas de Luis Sandrini en años; Demare, pudo consumar un acariciado proyecto "Los isleños" (1951) sobre la vida de los Pobladores del Delta Su visión realista, madura, ceñida, muy humana, se vio reforzada en la notable interpretación de la Merello y, Gar Buhr (en reemplazo del prohibido, Petrone, la música de Gilardo Gilardi y el laconismo del diálogo.
Después Demare retomó parte del aliento épico que lo caracterizó en "El último perro" (1956) sin poder superar las tendencias melodramáticas del original de Guillermo House, pero perfeccionando el uso del ferraniacolor en exteriores. "Después del silencio" (1956), en cambio, se vio afectada por la escasa calidad del guión de un declinante Pondal Ríos, no obstante el argumento sobre un caso real y patético bajo el peronismo.
Fecundo en autenticidad, frescura, vigor narrativo y carmo por sus personajes Leopoldo Torres Ríos consiguió en "pelota de trapo" (1948) otro clásico del cine argentino Trazo con espontaneidad y lirismo la vida infantil, y su pasión por el fútbol Fue luego el director del primer largometraje en ferraniacolor, "Lo que le pasó a Reynoso" (1955), y retomó sus mejores atributos en "Edad difícil" (1956), visión poética, nostálgica y real del amor pre-adolescente, en la cual descollaron su sinceridad y su capacidad de observación de las gentes humildes.
En el recuento es imposible obviar el ciclo de comedias sofisticadas de Carlos Schlieper, descripción picaresca, elegante, vital y desinhibida de la "lucha de los sexos" en ambientes de la burguesía comodada. Schlieper la supó reflejar como nadie en el medio argentino.
"El retrato" (1947), "Cuando besa mi marido" (1950), ` `Arroz con leche" ( 1950), "Cosas de mujer" ( 1951 ) o ` `Mi marido y mi novio" ( 1955) son verdaderos hitos de un género difícil que divirtió a nutridos auditorios.
De los géneros "escapistas", en el policial hubo varios aciertos. Así, Hugo Fregonese encaró con trepidante acción el estilo semidocumental de influencia norteamericana en "Apenas un delincuente" (1949). Menos espectaculares e igualmente efectivas fueron "Captura recomendada" (1950) y "Camino al crimen" ( 1951 ), ambas de Don Napy, y "Del otro lado del puente" (1953), de Carlos Rinaldi. Elaborada y de empinada calidad resultó "La bestia debe morir" (1952) del irregular Román Viñoly Barreto. Kurt Land, por su parte, aportó dos films de vertiginosa acción: "Mercado negro" (1953) y sobre todo "La delatora" (1955).
Consideración aparte merece Carlos Hugo Christensen. Luego de "La muerte camina en la lluvia" (1948), de conseguido clima morboso, presentó "Si muero antes de despertar" y "No abras nunca esa puerta" (ambas de 1952), sobre cuentos de William Irish, orquestando caligrafía de imagen, buceo psicológico e impar manejo del suspenso.
En el melodrama, Luis Cesar Amadori arribó en "Dios se lo pague" (1948), a su obra mas equilibrada · y que mejor representa su estilo "operístico" . "Almafuerte" dibujó una aceptable biografía del poeta mientras "Nacha; Regules" ( 1950) opaco hasta el tedio la novela de Manuel Gálvez. Otros aciertos en esa línea fueron alcanzados por Ernesto Arancibia con "La orquídea" ( 1951 ), Tulio Demicheli con "La melodía perdida" ( 1952) y Enrique Cahen Salaberry con "En carne viva" (1955).
En lo popular tuvieron resonancia "Arrabalera" ( 1950), de Demicheli, versión de "Un tal Servando Gómez" , de Samuel Eichelbaum, con acertada descripción de tipos y ambientes; "El último payador" (1950), de Homero Manzi y Ralph Pappier, biografía de José Betinoti, muy cálida; "La barra de la esquina" ( 1950), de Julio Saraceni, sencillo y emotivo relato acerca de la amistad; "Suburbio" (1951), de León Klimovsky, que intentó el traslado del neorrealismo; "Sala de guardia" (1952), eficaz film en episodios de Demicheli; "Caballito criollo" ( 1953), noble intento de cine rural, con irregula dirección de Pappier; "Dock Sud" (1953), última producción local de Demicheli; algunas comedias para lucimiento de Sandrini y las musicales de Lolita Torres. Entre las cómicas sobresalió "Avivato" (1949), buen entretenimiento de, Cahen Salaberry, la mas fresca interpretación de Pepe Iglesias y un éxito comercial extraordinario. También mencionarse dos vetuculos para el delirante humor de Los Cinco Grandes del buen Humor: "Fantasmas asustados" (1951) y "La patrulla chiflada" (1952), ambas de Carlos maldi.
Por último, en 1955, "Concierto para una lágrima", "Mananela" (ambas Julio Porter) y "la simuladora", de Mario Lugones, confirmaron a Iga Zubarry como la actriz mas versátil del cine argentino de ese tiempo.