Las cámaras Elgé, francesas, fabricación de León Gaumont, el competidor primero de los Lumière, llegaron a Buenos Aires en el año 1897. Con una de ellas comenzó a filmar a manera de ensayo Eugenio Py, a la sazón solo fotógrafo. Fue una suerte de amateurismo que habría ganado circunstancialmente a unos poco aficionados a la fotografía fija. Por obra de Py, el primer producto habría sido un corto de diecisiete metros titulado "La bandera argentina", la insignia patria flameando en el mástil de la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno. El entusiasta Py era un artesano, experto hombre de laboratorio. Otras eran las ilusiones de Glücksmann. Su instinto comercial advirtió él porvenir de la novedad ("vistas animadas por medio del cinematógrafo" según la expresión acuñada en Europa) e inició sin dilaciones la venta de aparatos y de vistas, pequeños rollos de actualidad o miscelánea del mismo origen de importación. En el estricto terreno de la filmación todo hubo de ser y parecer muy precario hasta 1900; fueron tres años de "etapa prehistórica", tentativa. El nuevo siglo depararía nuevas perspectivas. Desde las exposiciones internacionales todo era o trataba de ser incitación a las audacias. No es casualidad que para la Argentina 1900 sea el año en que se inició la filmación (también se decía "impresión") de noticieros, a parar de "Viaje del Doctor Campos Salles a Buenos Aires" tomado por Py el 25 de octubre dé 1900 al desembarcar Manuel Ferraz de Campos Salles, presidente electo del Brasil, y abrazarse con el mandatario argentino Julio Argentino Roca, a la vera del ex-presidente Bartolomé Mitre. De 900 es también la instalación del primer biógrafo porteño, el denominado Salón Nacional, en Maipú entre Lavalle y Corrientes, cuyo empresario era Gregorio Ortuño, otro precursor en el comercio de la fotografía, no tan afortunado como Lepage y los suyos en la aventura cinematográfica. La primera sala específica era apenas un ámbito para decenas de espectadores, pues se había adaptado la recepción de una casa de familia. El cine argentino comenzó a dibujar una realidad tímida y humilde, inadvertida por muchos y apenas informada en los diarios, pero con posibilidades de continuar. Su primera época, hasta 1909, fue similar a la del cine universal, solo que un poco más extendida en el tiempo: la del noticiero breve, apenas informativo, y el documental elemental. Según Ducrós Hicken "la edición cinematográfica no se apartaba de las actualidades y las reuniones de familia, de los cumpleaños de opulentos hacendados, algunos paisajes rurales y fluviales" Deben agregarse los desfiles militares, los actos religiosos, los grandes sepelios. Esa siesta burguesa se excedió a veces en rodajes más espectaculares, sea por el arrojo y la multiplicidad de camarógrafos exigidos, como en "La revista de la Escuadra Argentina en mayo de 1901 " o el más prodigado metraje, como en las honras fúnebres de Mitre en 1906 En ese ciclo se anunció el siguiente, argumental y con actores, la ficción. El anticipador resultaría el aficionado Eugenio A. Cardini. De holgada posición económica, en un viaje a Europa visitó a los Lumière y les compró un equipo. En 1901 haría "Escenas callejeras" y "En casa del fotógrafo", con actores domésticos y abocetadas situaciones cómicas, y "El regimiento ciclista", de pretensión documental ciudadana. Junto a esa anticipación deben inscribirse los ensayos de sonorización fonográfica o cronofotográfica, con extensión de sesenta a ochenta metros, según la duración del disco. Se desarrollaba o escenificaba una canción, o una situación de sainete argentino o español, zarzuela u ópera. La serie no habría llegado a cuarenta títulos, entre los cuales pueden citarse "Gabino el mayoral", "Los políticos", "Abajo la careta", "Ensalada criolla", "La beata", "El perro chico", "La reina mora", "La mala sombra", "La leyenda del monje", "A Palermo", "Mister Whiskey", "Justicia criolla", "Los escruchantes" o "Soldado de la independencia". Aparte de actores especializados en los géneros tocados, en estas tiras habrían participado los músicos y cantores Angel Villoldo y Alfredo Gobbi, cuya popularidad a través de las placas acústicas de 78 revoluciones por minuto, ya había llegado a Europa.