Lo más prudente es no llamar niño al cine argentino. Semejante apresuramiento no tiene en cuenta su edad. La Argentina se incluye entre los primeros países del mundo que conocieron el invento de los hermanos Louis y Auguste Lumière.
La primera exhibición pública se llevó a efecto el 18 de julio de 1896 en el céntrico Teatro Odeón de Buenos Aires, organizada por el empresario de esa sala, Francisco Pastor, y el periodista Eustaquio Pellicer, más tarde uno de los fundadores de las revistas Caras y Caretas y Fray Mocho.
Entre las vistas proyectadas figuraba "La llegada del tren", del sello Lumière, que según testimonio registrado en el Diccionario Histórico Argentino (de Piccirilli, Romay y Gianello) "provocó el pánico entre algunos espectadores de la tertulia alta, uno de los cuales al ver la locomotora que avanzaba se lanzó a la platea, lastimándose".
Unos dos años antes, en un local de la calle Florida al 300, había pasado prácticamente inadvertida, hasta para el periodismo, una función sobre la base del ' "kinetoscopio" del norteamericano Tomás Alva Edison.
Yá para entonces el belga Enrique Lepage, que ostentaba el título de barón de acuerdo a insistentes referencias, comenzaba a interesarse en la importación de aparatos filmadores y proyectores, ante la necesidad de enriquecer su comercio de artículos fotográficos de Bolívar 375, a una cuadra del Colegio Nacional Buenos Aires.
Lo habían entusiasmado dos empleados de su establecimiento, el francés Eugenio Py y el austríaco Max Glücksmann, atentos lectores de los catálogos de la especialidad que enviaban las casas europeas. La mención de la nacionalidad de estos precursores es deliberada, pues el cine también se integra en el bullente fenómeno inmigratorio que caracterizó a la Argentina en el trance al siglo veinte.