Periódico de Cultura
edición electrónica Nro. 2
La Columna

Identidad 
 
 

 

 

 

 
de los dos cahetes del culo del mundo, los límites

Episodio número cualquiera. El polvillo gris, irritante, se atascaba en todas las gargantas, raspaba, lastimaba las entrañas de hombres y animales, allí abajo, bien al sur... El Hudson había hecho oír su ronco vozarrón, había bramado en la Patagonia, en el culo del mundo. Como una garúa displicente, la nube de microcristales suspendidos ocupó la atmósfera durante meses. La atmósfera del culo del mundo..., las gargantas y las entrañas de los hombres y animales del culo del mundo... de los dos cachetes del culo del mundo. Parece que el mundo tiene un culo y, como todos los culos, tiene dos cachetes. En este caso, uno al este y otro al oeste, pero en ambos bien al sur. Porque el culo es uno, aunque tenga dos cachetes.
Claro que, además, parece que el mundo tiene un cerebro que -como todos los cerebros- es frío, calculador, casi una máquina... que decide sobre toda la anatomía de este bendito planeta. De allí parten las órdenes: expriman a todos, estrújenlos. Los corruptos de turno se acogen a la Obediencia Debida al voraz succionador y, como trasnochadas marionetas, se esmeran: un decreto por aquí, un derecho eliminado por allí. La avidez no conoce de límites. El este y el oeste, si están al sur, son lo mismo. Ahora..., al norte... ¿qué límites puede tener el norte?
Esto de los límites es cosa antigua y hoy sin sentido. Antes, en la época medieval, las fronteras delimitaban los feudos. Así, cada pobre infeliz labriego o artesano sabía a qué señor feudal debía tributar sus diezmos. Hoy los señores feudales se han "globalizado", se han fundido en uno solo que -con los alias alternativos de Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial o, simplemente, Tío Sam se embolsa descaradamente todo lo que cada uno de los actuales pobres infelices que habitamos este mismo bendito planeta genera. Estamos todos "globalizados". Hasta los del culo del mundo.
Hasta los de esta Patagonia culo del mundo, que, a pesar de las cenizas, reivindica la belleza en estado virgen, la pureza del aire y del suelo, el éxtasis inevitable ante la inmensidad provocativa de cuanta pluma o acuarela se anime... Hasta los de esta Patagonia culo del mundo rebelde, cuna de los épicos y los empecinados, de los irreductibles y los idealistas, de los forjadores y los utópicos...
Y los títeres corruptos nos hablan desvergonzados de nacionalismo (¿con ce o con zeta?), identidad (¿cédula a un costo equis más iva?), independencia (¿indepequé?)... E instituyen fronteras, aduanas, pasaportes, visas... Pero los términos comienzan a cobrar su verdadero sentido: frontera pasa a ser la excusa para mantener un ejército bien alimentado, bien armado, para "defender el suelo patrio" -aquí, en este sur, tenemos triste memoria del espanto demencial que sembraron, dictadores mediante, los ejércitos bien cebados de Chile y Argentina-. Aduanas y pasaportes son business tan rentables que no faltar  mucho para que sus acciones coticen en la Bolsa de la Big City. Y las visas... instrumento legal para cercenar las alas de los trotamundos, para seleccionar a los individuos según el estereotipo "deseable", del cual va depender su grado de hambre, si será un self made man exitoso o un marginal descolgado del sistema.
A todo esto, para nosotros, los patag¢nicos desencajados de todo esquema, ¿qué representan las fronteras? ¿Qué‚ diferencia a los argentinos, los habitantes del cachete oriental, digamos, de los chilenos, o sea de los que nacieron en el cachete occidental? ¿Acaso no compartimos orígenes, historia, tradiciones, idioma, cordillera, clima y un sinfin de etcéteras? ¿No fuimos y somos expoliados por la misma lógica perversa? ¿No tributamos por igual al señor feudal de este fin de siglo? ¨No somos conmovidos con igual intensidad por la palabra de Neruda, por la voz de Gelman? ¿No tiritamos ante el mismo frío y nos calentamos bajo el mismo sol? ¿No nos enamoramos bajo la misma Cruz del Sur? ¿Cuáles límites? ¿Qué fronteras? Aquí, en este nuestro culo del mundo donde gritó el Hudson desparramando ese polvillo gris y pertinaz... como nosotros, los patagónicos de los dos cachetes.

                              Liliana Cheren / Tela de Rayón

La Columna
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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