Periódico de Cultura
edición electrónica Nro. 3

Identidad
 
 
No hagan olas


La lluvia más grande de las que se tenga registro se desató a final de siglo. Los milímetros caídos no cuentan, llovió a mares, a baldazos, como nunca. Metros de agua adentro de las casas, kilómetros de agua adentro de los ojos, de las chacras, los caminos. Kilos de barro en los zapatos, en la ropa, en los huesos. A más de dos meses del temporal, aún queda agua dentro de nosotros. Las sábanas aún estan mojadas, los bolsillos crían musgo, hongos en las paredes, abrís un libro y podés oler toda esa lluvia. Todavía hay chicos que van en tractor a la escuela, imposible pasar de otra manera.
Hay cientos de vecinos con certificado de inundado, andan con ese papelito de oficina en oficina, algunos buscan casa, otros piden materiales, otros vuelven a pedir trabajo.

La lluvia del siglo dejó a flote todas las miserias. Las materiales están a la vista, basta caminar un poco para verlas; deficiencias en el desarrollo urbano, falta de drenajes, y la pobreza que siempre está a la intemperie de todo: si hace frío tiene frío, si llueve se moja, si hay barro se embarra más que nadie. Las otras miserias, las humanas: hubo remarque de precios, dos pesos una botellita de agua mineral en el medio del quilombo, tipos que aprovecharon la volada, tipos que se montaron al aparato asistencialista para sacar chapa de solidarios. Palito Ortega cantando yo tengo fe con botas de goma en el Barrio Constitución; buena forma de estrenar su cargo de secretario. “Yo sé que en ésta me la juego, si me sale bien...”, declaró después delante de las cámaras.

La lluvia del siglo dejo un vasto material periodístico. Miles de fotografias que recorrerán todavía algún trecho en las páginas de diarios, cientos de grabaciones que servirán para documentar la historia, la oficial y las otras, las pequeñas historias de la gente, las pequeñas/inmensas detonaciones del agua que pervivirán en la memoria íntima, en el relato familiar.

La lluvia del siglo dejó sus huellas impregnadas en el alma. “Hasta acá me llegó”, dice el vecino señalando una marca negra por encima de la cama.

Hay sumergidos y emergentes. Gran parte de nuestro cuerpo social tiene todavía el agua hasta el cuello, los zapatos a la deriva buscando tierra firme. De este vasto río que nos arrastra emerge el presente nuestro. El presente como una tablita de donde podemos agarrarnos y nadar hasta la orilla. El presente es esta tabla donde todos estamos parados, su equilibrio no es eterno, de nosotros depende, como siempre, el naufragio o la salida.

Cuidado señores capitanes, no hagan olas, no inclinen mucho el barco que hay gente que se cae.
                         Jorge Spíndola / Tela de rayón
La Columna
 
 
 

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