El culto al SEÑOR DE LA PEÑA es una devoción a Cristo que se practica en el norte de la provincia de La Rioja y zonas aledañas, particularmente el Viernes Santo.
Propiamente se trata de una enorme roca cuyo perfil tiene innegablemente la fisonomía de un rostro humano que para nosotros es el de Cristo. Por eso me gusta hablar del CRISTO RIOJANO. Porque todo el mundo tiene imágenes de Cristo, en el pesebre de Belén, en la última cena o en la cruz, Corazón de Jesús, etc. Pero sólo los riojanos nos podemos dar el lujo de decir que eligió las rocas de nuestros cerros para tallar su rostro, y con rasgos diaguitas.
Como riojano, y más por haber nacido en Chuquis a unos 40 Kilómetros del lugar donde se encuentra el peñasco, me fuí incorporando a esta devoción popular. Y desde hace unos años sentí el deber moral de explicar este fenómeno social, porque tiene expresiones no fáciles de entender si se lo mira desde afuera. Expresiones que pueden llegar a parecer infantiles o inapropiadas para esta altura de la historia, y hasta contradictorias para quién se coloca en el rol de espectador y no las realiza junto con el pueblo.
Gran parte de este propósito creo haberlo cumplido con un audiovisual de los años 80, un folleto al celebrarse el cuarto centenario de la fundación de La Rioja, y con el documental "Cristo Riojano" realizado para televisión con RTR Canal 9.
En el diario "El Independiente" del 6 de abril de 1994, yo comentaba, como muchos riojanos, este año volví a sumarme a esa muchedumbre que en Semana Santa se siente convocada por el Señor de la Peña.
Cubiertos por el polvo del camino íbamos llegando los hombres, o mejor dicho las historias humanas. "Cada uno con un nuevo remiendo en el alma y un renovado pentagrama de fe" como bellamente lo dice Nidia Lafón. Escribiendo y ratificando una página de la historia riojana, la que comenzó el diaguita y continuó el español.
Dios, como todo buen maestro, emplea aquel enorme peñasco como recurso pedagógico. Y así nos resulta más fácil escucharle y entenderle. Y nuestra respuesta de fé brota más espontánea. Reconocíamos nuestras múltiples debilidades, y él nos invitaba a apoyarnos en la firmeza de una inamovible roca.
Quizás porque este año fuí el Jueves Santo por la noche, comprendí mejor el significado de las velas. La noche, con su simbolismo de búsqueda de miedo, de vigilia, de desorientación. Las velas con su lenguaje de confianza aunque la agite el viento, de anticipo del día que ya viene, del calorcito para motivar la vida.
Era el velorio de un difunto, fallecido el Viernes Santo, pero con la seguridad de que su existencia continúa. Y como en todo velorio, en voz baja o en silencio hacíamos desfilar la vida de presentes y ausentes. Era una charla muy amena mano a mano con Dios en la que nadie se nos quedó sin nombrar y nada sin comentar.
En otros momentos, el "tomar gracias" era como querer arrancarle a Dios un poco de vida o agradecerle su ayuda con la ternura de un beso. Y con todos estos gestos, tan sencillos como profundos, los riojanos confesábamos nuestra fé cristiana. Gestos que para comprenderlos hay que realizarlos. El espectador no llega a descubrirlos ni gustarlos.
Esta es la razón del presente trabajo. Quiera Dios que mi esfuerzo y mi aporte sirvan para entender mejor las raíces del pueblo riojano, de las que el culto al Señor de la Peña es una expresión clara y definida.