Por José Benegas

 

 ¿De que se habla cuando se discute sobre la corrupción?. La preocupación por el tema alcanzó niveles tan altos que resultaría verdaderamente extraño asistir a un debate sobre política que no incluya esta cuestión y hasta diría que se ha convertido en el arma de confrontación por antonomasia entre aspirantes al poder. Sin embargo por debajo de la superficie de la indignación colectiva, lo que aparece es el desmembramiento de un sistema de creencias sostenido de manera casi unánime, inclusive con amparo moral. Todos rechazan el término "corrupción" pero sostienen postulados morales que en algunos casos son directamente antagónicos.

 

Para algunos corrupción es "la frivolidad de la noche" en alusión al exhibicionismo del simulacro de jet set local, o "la ostentación impúdica de riqueza" que está dada, entre otras cosas, por el tamaño de la casa que uno tiene. En ambos casos, se parte de la convicción de que la riqueza surge del reparto que de ella hace el poder y en consecuencia todo aquél que ha recibido mas que los demás sería un corrupto cuya felicidad es la causa de la indignación popular. Para otros, la corrupción es apoderarse de fondos públicos, porque el robo a un empresario privado sería su problema y allá él. Una tercera facción moral por decirlo así, sostiene un concepto juridicista de corrupción, circunscripto a las tipologías delictivas descriptas por la legislación penal. Así podríamos mencionar otras muchas versiones del mismo término que obsesiona a los argentinos sin que se logre formar una respuesta coherente.

 

Para muchos el flagelo es un mal propio de la "clase política" que el resto de la sociedad, ajena por completo, observa estupefacta. Esta visión, seguramente la mas útil en la lucha por el poder, es una forma de ejercer ese verdadero deporte nacional en que se ha convertido la demagogia, dejándonos a nosotros, el adorado pueblo, libres de todo reproche. Claro está que esta versión tan conveniente contradice algunas otras afirmaciones dogmáticas, aunque poco valen las contradicciones cuando el objetivo perseguido no es la verdad. Me refiero a la creencia que se repetía en tiempos no muy lejanos pero mucho mas optimistas que estos, en la primera etapa del plan de "convertibilidad", según la cual "la gente" habiendo prosperidad económica, se había vuelto "tan sofisticada" que hasta reclamaba cierta vuelta a la moral y no estaba dispuesta a aceptar los negocios públicos turbios. Según parecía entonces, los valores morales no serían principios básicos que guían nuestra conducta, sino un mero lujo para tiempos de vacas gordas, aceptando como premisa que la prosperidad es posible despojada por completo de los valores que sustenten la protección de la propiedad privada en oposición al robo, a la corrupción o como quiera llamársela. He aquí la punta del ovillo.

 

¿Cómo catalogar dentro de alguna de estas versiones de moral que hemos visto, a las numerosas conductas reprochables que son tan comunes en el llano de la sociedad?. Podríamos llenar varios libros sólo con ejemplos, pero aquí van algunos: Los administradores del edificios que arreglan sobreprecios con los prestadores de servicios para quedarse con una parte en perjuicio de los propietarios; los porteros que también tiene su arreglo con un diariero en particular para darle una exclusividad mafiosa en un edificio que no le pertenece; el taxista que se equivoca de camino curiosamente siempre en perjuicio del pasajero, o se olvida de prender el reloj si es peón, de modo que el que perderá será el dueño del automóvil; los gerentes de compras públicos o privados de los que no hace falta aclarar nada; los directivos de empresas que cobran "retornos" (decir coima es poco elegante) de los profesionales que contratan para la empresa, estafando a los accionistas; los hermanos que se saquean mutuamente en las sucesiones de sus padres ocultando bienes con toda clase de maniobras defraudatorias; los inquilinos que se apoderan del inmueble del locador con el amparo de la ley o las corporaciones profesionales que utilizan al Estado para esquilmar a sus asociados compulsivos, etc., etc. etc. ¿Son algunos de estos asaltantes, políticos u ostentadores de revistas tontas?; ¿son todos ellos delincuentes en términos estrictamente jurídicos?. No, no lo son, pero son tan corruptos como los chivos expiatorios que nos ofrecen los noticieros y tal vez aún mas, en proporción a las oportunidades que unos y otros tienen.

 

Nuestra sociedad acepta muchas formas de corrupción, desde la colegiación obligatoria para los profesionales que ya mencioné, al régimen de obras sociales, los reembolsos a exportadores, el castigo impositivo al que triunfa y muchísmimas otras, cada una de las cuales acompañada por una andanada de justificaciones altruistas; pero las acepta y hasta las promueve. No hay nada parecido a principios inquebrantables en esta feroz reacción moralizadora en que vivimos y en tan endeble basamento es dificil obtener algún resultado satisfactorio.

 

La corrupción profunda que nos acecha diariamente no es otra cosa que el resultado natural de la falta de apego a la propiedad privada como principio, si se quiere, el costado material de la honestidad, aún cuando tiene implicancias mucho mas amplias.

 

La sociedad argentina hace décadas que acoge calurosamente cuanta disparatada idea contraria al derecho de propiedad aparece en el mundo, en cualquier campo del conocimiento, sea el derecho, la economía, la sociología o la religión. El desquicio moral (y jurídico y económico y sociológico y religioso) llegó a tal punto que son pocos los que dudan que la pobreza se combate sacándole a los ricos para repartirlo; o, lo que es lo mismo, que el robo es un medio adecuado y aceptable para poner fin a la miseria. Y quienes mas provecho político consiguen enarbolando la bandera de la rectitud, son curiosamente los mas convencidos de esta falacia moral (y económica, dicho sea de paso).

 

Si miramos a nuestro alrededor y viendo lo que ocurre todos los días quedamos estupefactos, habremos descubierto el resultado inevitable de semejantes ideas; los malos frutos de esos lamentables árboles. Pero como somos especialistas en el arte del autoengaño, nos escondemos tras la mascarada de los políticos corruptos, que no son otra cosa que argentinos medios con poder, que el canchero del barrio, que el piola que se lleva la toalla del hotel, sólo que con mas oportunidades.

 

Vivimos nuestra "manu puliti" como una una aceleración y profundización de los mismos sentimientos y propósitos causantes de la situación que se dice querer revertir. Lo que se hace aparecer como el rechazo al robo, generalizando claro está, no es mas que la envidia ante la riqueza ajena con absoluta independencia del modo en que se la obtuvo. Y la envidia es el sentimiento de los ladrones, no el de la gente decente.

 

En la Argentina el sustento filosófico de la corrupción es difundido en los colegios, se lo defiende por televisión, se lo ensalza en la radio, en el púlpito y en la sobremesa familiar; siempre en nombre del amor al prójimo. La conducta típica de los partidarios de la doctrina corrupta, cada vez que se presenta una situación crítica, consiste en proponer soluciones que son una gama de modalidades de saqueo impositivo y posterior repartija. En un marco semejante, los políticos corruptos no deberían ser juzgados como lo son, sino como paradigmas de la "justa distribución de la riqueza", si tenemos en cuenta que todos arrancaron su carrera desde al pobreza y ahora tienen todo lo que necesitan.

 

Las personas que no respetan lo que es de otro, sea "quedándose con los vueltos", sea creyéndose benefactoras de los pobres por buscar la intervención estatal para asaltar al prójimo como solución, sea atacando el concepto mismo de propiedad privada con teorías pseudo jurídicas o pseudo económicas para explicar que lo que es de alguien en realidad no lo es tanto, contribuyen a destruir simultáneamente toda posibilidad de progreso moral y económico. Porque a pesar de lo que se cree -en un mundo que supuestamente se basa en el principio de no contradicción-, moral y economía no son mas que dos caras de una misma moneda.

 

Si queremos limpiar nuestra sociedad, empecemos por abandonar las creencias que la han corrompido. Nadie es completamente inepto para producir y acumular bienes sin necesidad ni de asaltar al vecino ni de pedirle al gobierno que lo haga por él. Ni siquiera la mas inhábil de las personas está impedida de obtener de los demás una asistencia voluntaria sin tener que recurrir ni tan siquiera a la manipulación. Si verdaderamente creemos que la honestidad conduce a la felicidad, si nuestra intención es extirpar el cancer de la corrupción que nos rodea, no sigamos alimentando el resentido pensamiento predominante.

 

 

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