Por José Benegas

 

¿Cómo es que el consumo de estos tóxicos de distinta naturaleza ha llegado a alcanzar a lo largo del tiempo una difusión de tal magnitud, que adquirió categoría de problema político de alcance internacional e inclusive constituye una de las máximas preocupaciones de la primera potencia mundial?. ¿Que ocurre con esta costumbre tan públicamente denostada (tanto como privadamente practicada), que cuanto mas se la combate mayor resulta ser su uso y abuso?.

 

Claro que no son estas preguntas cómodas en una sociedad acostumbrada a resolver sus problemas de un escobazo escondiéndolos bajo la alfombra, sobre todo en algunos temas como éste, dominados por el temor. Pero no hay manera cómoda de incursionar en determinadas cuestiones, si es que se tiene el propósito de describir las cosas como honestamente se cree que son. Sobre todo en la Argentina donde remar contra la corriente suele resultar una aventura poco menos que temeraria.

 

Consientes de los riesgos, podemos preguntarnos si acaso conocemos a alguien que no practique la drogadicción por el mero hecho de que está prohibido. En mi caso no he tenido el gusto aún, diría mas, creo que son muchos los casos de los que comienzan a drogarse justamente para ingresar en un terreno vedado o para satisfacer la curiosidad que les despierta el vicio escondido.

 

Claro que, en rigor y pese a la creencia popular, el consumo de drogas está permitido y la ley sólo castiga dos conductas. En primer lugar y mereciendo la mas alta penalización, se encuentra la comercialización, lo que implica que lo que mas molesta a la política oficial y extraoficial, aquí y en el resto del mundo, mas que la auto intoxicación, es el lucro. ¿Existiría la comercialización si no hubiera avidez por consumir?. La otra conducta perseguida es la tenencia y si nos detenemos un poco a pensarlo, permaneciendo impune el consumo, la ley parece preferir que se lleve la droga "puesta", por decirlo así, que en el bolsillo.

 

Volviendo sobre la pregunta anterior, quién decide no consumir ni "tener" droga ¿en que mecanismo se apoya si asumimos que la prohibición no es lo que lo detiene?. A mi juicio no es otro que sus convicciones y su responsabilidad, el correcto uso de su voluntad. El no consumidor es un individuo responsable dueño de sus actos y no un evasor del poder punitivo oficial, de lo que deriva que la prohibición y la tentativa de ponerla en práctica son un absoluto fracaso.

 

Tengamos en cuenta que previo a la proscripción de las drogas (de determinadas drogas para ser mas precisos), no eran los mafiosos los que dedicaban su tiempo a producir y distribuir estupefacientes. Fueron los estados quienes mediante la política de persecución les sirvieron a los delincuentes en bandeja el monopolio de este negocio, convirtiéndolo en uno de los mas suculentos de la actualidad. Hasta el terrorismo internacional, habiendo perdido la fuente de financiamiento habitual con el desmoronamiento de la Unión Soviética y su entenado cubano, sigue subsistiendo a costillas de esta lucha de victoria imposible.

 

Prohibamos los teléfonos o las pastas o cualquier otro producto que la gente, con o sin razón, quiera consumir y habremos hecho lo necesario para aumentar los ingresos de quienes acostumbran a vivir fuera de la ley. Si lo hacemos además con un producto adictivo, la prosperidad de los seres mas execrables de la sociedad estará aún mas asegurada. Me atrevo a decir, ya dejando los interrogantes y arriesgando algo mas, que si la prohibición no hubiera existido, todos estos magnates despreciables e inexpugnables del narcotráfico, con capacidad de corromper gobiernos enteros y de decidir la vida y la muerte de cualquiera, tendrían que estar dedicando sus esfuerzos a sobrevivir, posiblemente robando bicicletas o; quizás, inclusive trabajando.

Pero nuestros gobiernos (en particular esa parte de ellos dedicada a dictar las leyes) les han entregado el gran banquete, combatiendo con una inversión cada vez mayor de recursos a la oferta, de forma tal que el precio del producto recibe un impulso ascendente con cada captura y siempre es lo suficientemente alto como para seguir atrayendo delincuentes y para pagar las expensas de esos personajes grotescos surgidos de lo que se denomina "la noche", que tanto protagonismo han tomado en los últimos tiempos.

Cerrando el círculo de este favorecimiento inconsciente de la droga, este combate militar y policial, que hace agua por todos los costados por la capacidad de corromper que les otorgan sus ingresos a los narcos, va acompañado por una vertiente psicologista, también sostenida desde los vericuetos oficiales, de convertir al consumidor en víctima, de hablar de la droga como una "enfermedad social" o producto de las desavenencias familiares, cosa que se sigue repitiendo sin cesar, pese a que estas desavenencias son hoy la regla mas que la excepción.

 

En otros términos, el otro costado de esta política del revés es la eximición de responsabilidad, legal y personal, a quién es la causa y finalidad de todo este descalabro de estupidez que constituye el problema de la drogadicción. El mensaje cultural es que quién se acerca a la droga y la consume es una suerte de "no persona", un ser carente de discernimiento y voluntad, con lo cual casi se lo invita a sucumbir con una excelente propaganda. A su vez, siguiendo la misma línea de pensamiento se le niega todo mérito a quién no consume, que no sería una persona que domina sus acciones sino únicamente un bienaventurado personaje sin traumas ni problemas.

 

Al consumidor no se lo penaliza, se lo conduele, se lo protege, porque es, para la creencia actual, una pobre marioneta de los comerciantes. Sin embargo, si como dije al principio, quién no se droga hace uso de su responsabilidad, el único camino para reducir este fenómeno cada vez mas extendido es promover esa responsabilidad individual, en lugar de relajarla con justificaciones que llegan a su anulación. Y lejos estoy de querer cambiar la persecución al comercializador y al tenedor por la penalización de quién consume, porque esta es una cuestión privada en la que no cabe inmiscuirse, sino que lo que me interesa destacar es la incoherencia de una política de combate frontal contra todos los eslabones de esta cadena, a excepción del primero de todos, el que hace que existan los demás. De tanta incoherencia tanto naufragio.

 

Otro de los elementos que ha jugado un papel central en este drama y que ya se ha mencionado es el temor. Las frases atemorizadoras en este como en muchos otros temas conflictivos, se utilizan como una forma de manipulación de la voluntad, con el fin de que los "aciertos" de quienes las lanzan no se discutan y con el resultado inevitable de que tampoco se revisen sus errores. El temor tiene el mismo efecto que la fuerza, disminuye la consciencia sobre la responsabilidad individual, en el caso que nos ocupa, agiganta el mercado de las sustancias que se quieren prohibir.

 

Es decir, los gobiernos, con la participación pasiva o activa de la población y la cultura actual en la que parece que la voluntad no existe y somos todos autómatas a los que únicamente nos compete llevar a cuestas los problemas de nuestros padres y a su vez a estos cargar los de los suyos en una sucesión interminable (de manera tal que uno no se explica como la humanidad no ha colapsado ya), han hecho todo lo necesario para que nadie se sienta responsable de su actitud frente a la droga, difundiendo en definitiva su consumo, y a su vez se han ocupado sin cesar de asegurar que los delincuentes puedan contar con un magnífico medio de financiamiento de su actividad, otorgándoles una rentabilidad creciente con cada embate de los adalides de la lucha contra la drogadicción.

 

Claro está que nos queda el problema de quién comienza a dejar atrás estas políticas, pero esa es una cuestión que creo mejor dejar para mas adelante, porque aún no está resuelto el fondo del asunto y sigue provocando escándalo que se pretenda siquiera cuestionar la sabiduría de nuestros actuales protectores. Por ahora el pensamiento sigue orientado detrás de una utopía.

 

Los principios son algo también que para la actual cultura "pragmática" (pragmatismo: teoría que dice que las teorías no sirven), carecen por completo de utilidad, pero a riesgo de ser tildado de idílico me atrevo también a afirmar que la mayoría de nuestras frustraciones como sociedad se deben al abandono del concepto de ser humano como individuo libre, cuya libertad debe ser respetada a riesgo de negar su mismísima humanidad; y el caso de la lucha contra la drogadicción es uno de tantos emergentes de la ignorancia de este principio. Su fracaso es consecuencia de la eliminación de esa libertad individual por la vía de la fuerza, de la manipulación (por medio del temor o la confusión) o de la condescendencia.

 

Como seres racionales que somos tenemos todo el derecho del mundo de juzgar como errada la conducta de quién trata de cambiar su personalidad por medios químicos, que no es otra cosa que una forma de suicidio temporario y de traición a la propia naturaleza, pero no podemos combatir un mal con un mal mayor (por aquello tan acertado de que malos árboles no dan buenos frutos). Me refiero a que con el fin de que otros no se dañen a sí mismos, no debemos eliminarlos como seres humanos quitándoles su posibilidad de elección, cuando de ningún modo dañen a terceros. Dicho de otra manera, si el ser humano no es libre, así como no puede optar por el mal tampoco es capaz de elegir el bien y no son factibles ni la moral ni la ética. Sin libertad, la moral no es posible, ni necesaria, ni existe el ser humano como tal, con los desafíos que la vida le presenta. Entonces, cabe preguntarse, ¿en nombre de qué toda esta cruzada inútil y contraproducente?.

 

Si mal no recuerdo, fue Bastiat quien dijo que donde no pasan las mercaderías pasan los cañones, y la droga es, guste o no, una mercadería cada vez mas buscada, gracias a los propios cañones oficiales en gran medida, a la despersonalización que se fomenta entre quienes la consumen y la protección cuasi maternal con que se los asiste una vez que han llevado hasta el paroxismo su insensatez. Claro que ni la brillantez de Bastiat podría prever que la excusa predilecta para la concentración del poder en el siglo veinte no sería la invocación divina o la herencia familiar, sino el bienestar de la gente común, ni que con la prohibición de productos adictivos veríamos pasar a las mercancías junto a los cañones con una virulencia creciente y un final cada vez mas lejano y desalentador.

 

 

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