El Cerro de Las Rosas

 

EN LO HISTORICO

 

Hay una relación temporal y espiritual, entre la aparición del rugby como expresión de un simulacro de vida, en todas las circunstancias y los sucesos que acontecieron en el lugar que hoy se denomina Cerro de las Rosas.

La unidad del equipo, yendo hacia la meta rival, el apoyo de los quince jugadores entre sí, un estilo definido y la variedad de actitudes para superar al adversario, lo hace similar a la batalla de los caballeros de la "mesa redonda", que defendieron sus castillos e hicieron las cruzadas. Estos atributos dieron la inspiración filosófica a quiénes crearon el varonil juego. Este visceral y querido deporte que nació en 1823, en el colegio secundario de la ciudad de Rugby, Inglaterra.

Un lustro después, en el año 1829, se produce una batalla en la actual seccional 14 en las solitarias extensiones de las afueras de Córdoba. Los momentos en que se desarrollaba el combate fueron sacudidos con remezones de sangre entre las tropas al mando del General Paz y las huestes del caudillo riojano Facundo Quiroga, en las alturas de "La Tablada".

Situaciones aquellas que nos retrotraen imaginariamente a la mentalidad de los caballeros en la batalla. El sitio donde se desarrolló el combate, fue como un condicionante para que el club llevara su nombre y que el deporte que primero se desarrollara en la zona fuera el de los caballeros de la ciudad de Rugby...

 

EN LO SOCIAL

 

El Cerro tomó por extensión su nombre de la vieja Villa residencial, Las Rosas, una hermosa mansión ubicada junto al Río Suquía. Allá por 1880, gozaba de las preferencias de los más encumbrados políticos del momento.

 

Al comienzo de este siglo, "El Cerro" mostraba una estampa de salvaje verdor y el antiguo camino a las serranías era protegido por frondosas arboledas. Por las tardes, las barrancas del hoy barrio Urca, proponían aventuras de caza de iguanas y liebres, en alocadas bicicleteadas hacia el sol.

De a poco, fueron llegando los primeros habitantes y sus hermosas casonas de porte romántico, con jardines multicolores, y comenzaron a ubicarse en la subida del Cerro, para luego continuar por la Avenida Núñez y las calles interiores.

A mediados de los años cincuenta, aún era una villa de casas solariegas, envueltas en el murmullo que emanaba de sus hermosos jar- dines. Las calles, excepto la Núñez y la 10, eran de tierra y la luz solo se hacía en las esquinas; en tanto el agua se obtenía del tanque Buteler. Entre las casonas más renombradas, estaba la de los Bronemberg.

Se despertó entonces una discreta actividad comercial. Las hermanas Ferreyra atendían las veinticuatro horas del día, ofreciendo en su tienda desde botones hasta medias de cristal.

El señor Paredes, recorría las calles, con su maletín de peluquero a domicilio. Don Juan era el encargado oficial, de renovar la magia de los jardines. El sitio preferido de la juventud, para recuperarse del desgaste deportivo, luego de un partido, era la de hacer una gaseosa y un "sandwichito de salame", en el quiosco de Don Colón. Aún hoy en día, inconscientemente, buscan reencontrarse en ese sitio, con los amigos de la infancia. Con los años, se generó entre los pobladores del Cerro, un sentido de pertenencia, que el extraño al arribar percibe ni bien traspasa el portal del Parque Autóctono.

 

EN LO DEPORTIVO


 

 

 

* Información extraída del libro: Club La Tablada - Cincuenta Aniversario.